Cada día, nos encontramos con ejemplos que demuestran que el hacer las cosas bien, es una cualidad que se fue perdiendo con el tiempo.

Ocurre en todos lo ámbitos….

Cada día tenemos que enfrentarnos con el empleado que contesta mal, que no nos brinda información, porque no tiene ganas o no quiere, con el hecho de tener que esperar quince minutos o más para que un médico nos atienda, con el operador que nos deja esperando en línea, porque total, él no paga el teléfono, con el docente que enseña sin planificar e improvisa, y son nuestros hijos los que aprenden… con el funcionario que no se hace cargo, y que está convencido de que ocupa ese lugar porque ganó un casting y no reconoce que la gente lo puso allí…

No me gusta la violencia, trato de negociar las cosas lo mejor que puedo, pero cuando no puedo más, saco a relucir todas las armas de las que dispongo y me transformo…. y entonces, ya no se lo que digo, porque la indignación me ciega…

A mi me gusta hacer las cosas bien. Poner en ellas lo mejor de mí y hacer el mayor esfuerzo, si asumo un compromiso, cumplo. Considero que la responsabilidad debe estar delante de cualquier otra cosa. Pero también exijo reciprocidad…

Si cuesta lo mismo hablar bien que mal ¿por qué elegimos hablar mal? ¿por qué hacerle a la gente las cosas más complicadas de lo que son? ¿por qué trabajar sin ganas?

En la vida es preferible el bien al mal, lo correcto a lo incorrecto, lo prolijo a lo desprolijo… cuando alguien no nos conoce, nuestro trabajo, el que mostramos, es nuestra carta de presentación.

Hay gente que se conforma y hace las cosas como salgan… total ¿quién las va a ver?

Hay que poner atención a la actividad que estamos llevando a cabo.

Cuidado…. es Dios quien puede verla…