Muchas personas parecemos caracoles, caracoles que se esconden en el caparazón sacando, de vez en cuando, un ojo, un tentáculo, para ver qué sucede afuera, para comprobar si aún existe el sol...
Todos pasamos, alguna vez, por una época de "vida caracolera" en la que nos retraemos para buscar la seguridad del caparazón.
Es cierto que hay razones para refugiarse, y que los otros, los de afuera, pueden traernos problemas. Además, a veces, podemos cansarnos de la compañia, del ruido, y tenemos ganas de estar en soledad...
Pero tarde o temprano, hay que salir del caparazón, porque es a través del contacto con los demás como alcanzamos, tanto nuestros infiernos, como nuestros paraisos.
Cuando nos abrimos, aprendemos de los otros: quién es quién, de dónde venimos y lo que es más importante: quién soy yo.
Sabemos que podemos contar con alguien en los momentos lindos y en los que no lo son tanto.
Todos necesitamos de los demás, mostrarse como uno es, sin temor, inicia un cambio hacia las relaciones más plenas, que nos ayudan a disfrutar y a crecer en el camino de la vida.