Esta mañana me despertó un grillo. Y como a esa hora me da mucho trabajo pensar, en vez de hacer conjeturas de cómo llegó hasta ahí, imaginé que un milagro lo había puesto en mi camino.
Y qué lindo me pareció el milagro, y qué contenta me puso.
A lo mejor si no hubiera sido hoy, el canto del grillo no me hubiera alegrado, me hubiera remontado a los recuerdos borroneados por lágrimas... me hubiera hecho pensar en las costras que la soledad endureció en mi ser.
Nunca maté un grillo, no me animo, por miedo a matar con él, mi suerte.
La suerte, eso que muchos creen que es la base del triunfo y no es nada más que la excusa para negarse, a veces, el triunfo. La suerte de las cosas que nuestra mente magnifica: la riqueza, el poder...
Y no hablar nunca de la suerte de tener dos manos que acaricien; de tener dos piernas que han saltado a la soga, que han recorrido una calle con paso enamorado, que han llevado a un hijo a la escuela; de tener dos ojos que nos han permitido leer un poema de amor, una carta; dos oidos que nos han permitido escuchar un "te quiero"...
Pero el grillo me despertó esta mañana, y su canto descosió los costados de la risa para que pueda salir anchísima, corrió las cortinas que no me dejaban ver un montón de recuerdos lindos...
Canté mientras me bañaba, me asusté de haber podido tener, muchas veces, la expresión de malhumor de esa señora que me esperaba en la oficina.
Y me dije: tengo una hija, el año pasado en primavera, planté un árbol, me gusta escribir y ahora encontré un lugar donde puedo hacerlo. Esas cosas que dicen que hay que hacer para justificar el haber vivido y que una pueda morirse en paz...
Yo agregaría: y escuchar cantar un grillo temprano y ponerse contenta.